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Si tu hijo dibuja a menudo esta forma, los psicólogos infantiles dicen que muestra alta inteligencia emocional.

Niño y adulto colocan dibujos circulares pintados con ceras en la nevera en una cocina luminosa.

La primera vez que me fijé, mi hija estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la alfombra del salón, la lengua asomando por pura concentración y los lápices de colores esparcidos alrededor como pequeñas explosiones.

No dibujaba casas ni monigotes como otros niños de la guardería. Hoja tras hoja insistía en lo mismo: círculos superpuestos, enlazados entre sí como diminutos diagramas de Venn hechos a mano. Recuerdo haber pensado: “Qué mono”, y después meter aquellos papeles en un cajón junto con todo ese desorden parental que juramos que algún día ordenaremos.

Meses más tarde, en una reunión rutinaria con las familias, una psicóloga infantil echó un vistazo a uno de esos dibujos y arqueó una ceja. “¿Lo hace a menudo?”, preguntó, señalando las cadenas de círculos. Cuando asentí, sonrió con esa calma segura que te obliga a enderezarte. “Tienes una niña muy orientada a las relaciones.” Ahí entendí que lo que parecían garabatos sin importancia quizá eran una ventanita al mundo emocional de mi hija. Desde entonces, volví a mirar dos veces cada papelito.

La forma que las psicólogas infantiles no dejan de ver: los círculos

No se trata de un símbolo misterioso sacado de un manual de psicología. Es algo sencillo, amable, casi anodino a primera vista: círculos. A veces, muchos. Cuando un niño dibuja una y otra vez círculos unidos, círculos con caras o círculos solapados como burbujas, a menudo está haciendo algo más que rellenar un folio en blanco. Está dibujando vínculos de una manera que todavía no sabe expresar con palabras.

Psicólogas infantiles en el Reino Unido y en otros países llevan años observándolo, casi en silencio. La preferencia por formas redondeadas -sobre todo por círculos que se tocan o se superponen- aparece con más frecuencia en niños muy sintonizados con las relaciones y las emociones. En sus hojas puede verse a la familia como una rueda de círculos “de la mano”, o un grupo de burbujas que “se abrazan” en el centro de la página. En la superficie es un círculo; por debajo, puede parecer una huella emocional.

No es casualidad que el círculo reaparezca en consultas de terapia y aulas. No tiene puntas. Transmite seguridad, contención y unidad. Los niños que son especialmente sensibles a los sentimientos -los suyos y los de los demás- tienden a acercarse a esa suavidad. Lo usan para orientarse: quién está cerca de quién, quién pertenece al grupo y dónde encajan ellos.

Por qué los círculos pueden apuntar a la inteligencia emocional

Solemos imaginar la inteligencia emocional en forma de conversaciones largas y “maduras”, o en niños que sueltan frases sorprendentemente adultas. Pero en los pequeños, gran parte de esa vida emocional se cuela primero por el dibujo, mucho antes de ordenar sus ideas en frases. Cuando un niño elige una y otra vez círculos -sobre todo si se tocan- muchas veces está diciendo: “La conexión me importa.” Puede que no sea consciente, pero sus lápices sí.

Las psicólogas describen la inteligencia emocional como la capacidad de detectar lo que se siente, comprenderlo y responder sin dinamitarlo todo. Los niños que repiten círculos superpuestos suelen ser quienes notan cuando alguien se queda fuera en el patio, o cuando llegas a casa un poco más callada de lo habitual. Captan el tono de voz, la micro-pausa antes de contestar, la forma en que dos personas en una habitación evitan mirarse. Luego se van a su mesa y dibujan grupos de círculos, todos en contacto, como si reorganizaran las relaciones en papel.

El “mapa” silencioso que esconden sus dibujos

A veces las pistas son más concretas de lo que parece. Un niño puede trazar un círculo grande con otros pequeños dentro y llamarlo “mi familia” o “mis amigos”. Otro puede dibujar anillos que se cruzan y explicarte: “Esta soy yo y la abuela cuando estamos juntas.” Sin darse cuenta, están representando cercanía emocional mediante cercanía física entre formas.

Una psicóloga infantil con la que hablé contaba el caso de un niño que siempre se dibujaba como un círculo pequeño encajado entre dos círculos más grandes. A esos los llamaba “círculo mamá” y “círculo papá”, y a sí mismo “círculo del medio”. Los días en que había discusiones en casa, los círculos se separaban en el folio. Los días buenos, se solapaban tanto que casi eran uno. Nadie le enseñó a hacerlo. Sus lápices eran un idioma más seguro que su voz.

Ese dibujo arrugado que te dan en la puerta del cole

Todos hemos vivido ese momento: un profesor te entrega un dibujo arrugado a la salida del colegio, tú lo miras por encima, dices “¡Qué bonito!”, y acaba olvidado en el bolsillo de la puerta del coche. No por falta de cariño, sino por puro agotamiento. Seamos sinceros: nadie enmarca cada garabato ni analiza cada monigote. La mayoría solo intentamos sobrevivir al día sin pisar una pieza de Lego o quemar la pasta.

Y aun así, entre esas montañas de papel, a veces hay patrones. Los mismos personajillos redondos que aparecen una y otra vez. Las mismas formas enlazadas “agarrándose”. Cuando tu hijo repite ese motivo durante semanas o meses, las psicólogas infantiles dicen que puede ser una señal discreta de conciencia emocional avanzada. No es un diagnóstico. No es un examen. Es, como mucho, un poste indicador que susurra: “Este niño siente fuerte y está atento.”

Cuando lo detectas, cuesta dejar de verlo. Los trazos empiezan a parecer menos desorden y más estado de ánimo. Hay algo muy tierno en descubrir que tu hijo llevaba tiempo diciéndote, con círculos y colores, cuánto le importan las personas, mucho antes de poder escribir la palabra “cuidar”.

Los niños con alta inteligencia emocional no siempre son “fáciles”

Existe el mito de que los niños emocionalmente inteligentes son siempre tranquilos, reflexivos y eternamente pacientes. Cualquiera que conviva con uno probablemente se reirá. Pueden ser intensos. Sienten a lo grande. Quizá se echen a llorar cuando regañan a otro, o se queden despiertos preocupados por una noticia que oyeron de pasada en la radio. Sus dibujos, llenos de círculos y conexiones, a menudo son un intento de apaciguar ese temporal.

Repetir una forma puede funcionar como autorregulación. El gesto de cerrar un círculo es previsible, delimitado. Dibujar curvas una y otra vez se parece a pasar el dedo por una piedra conocida en el bolsillo. Los niños a los que les cuesta “apagar” la empatía -los que absorben el ambiente como una esponja- a veces necesitan ese ritmo visual para calmar su propio sistema nervioso.

Así que si tu hijo se pasa el día dibujando caritas-burbuja dándose la mano, o racimos de círculos con nombres escritos dentro, no significa automáticamente que sea un niño “fácil”. Puede significar que, en segundo plano, está trabajando duro para ordenar todas las emociones que hay en la habitación.

Las preguntas pequeñas que abren sentimientos grandes

Cuando empiezas a ver los patrones circulares, dan ganas de ir al ataque: “¿Por qué dibujas siempre círculos? ¿Qué significa?” Suele ser la vía más rápida para que el niño se encoja de hombros y cambie de tema. Las psicólogas recomiendan preguntas más suaves, más pequeñas: las que no ponen al niño contra las cuerdas, pero sí entreabren una puerta.

Puedes sentarte a su lado y decir simplemente: “Cuéntame este”, señalando los círculos. O: “¿Quién es este círculo hoy?” A veces te responderán con un “no sé”, y no pasa nada. Pero otras veces llegan sorpresas: “Estos son los que me hacen sentir segura”, o “Este soy yo cuando no tengo miedo.” De pronto, la forma cobra pulso.

Una madre me confesó que casi se echó a llorar cuando su hijo señaló dos círculos que apenas se tocaban y dijo: “Esa eres tú y papá cuando estáis enfadados.” Ella no pensaba que hubiera notado las discusiones nocturnas en la cocina. Las notó. Las dibujó. Estos niños no solo ven lo que ocurre: lo guardan. Y cuando les das espacio y unos cuantos lápices de colores, empiezan a enseñártelo con delicadeza.

Escuchar sin convertirlo en deberes

Aun así, hay una línea fina. No puedes transformar cada rato de dibujo en un interrogatorio emocional. Los niños lo huelen a kilómetros. La clave es mantener la curiosidad sin que parezca una tarea escolar: un comentario aquí, una pregunta allá, y luego dejar que la conversación vuelva a dinosaurios, galletas o lo que tenga en la cabeza.

La idea no es descifrar cada círculo como si fuese un código secreto. La idea es que tu hijo note que, cuando comparte, tú estás escuchando. Que su mundo interior -ese que se escapa a través de las formas- te importa. Incluso cuando no lo entiendes del todo al momento.

Lo que las psicólogas infantiles dicen que los padres deberían hacer de verdad

Entonces, ¿qué suelen decir las profesionales cuando ven a un niño que adora los círculos y las formas solapadas? Lo primero: nada de pánico y nada de exagerarlo. Esto no es una señal mágica de que tu hijo será terapeuta, ni una alarma de que algo va mal. Es una pista. Un empujoncito suave que viene a decir: “Está muy sintonizado. Trátalo con cuidado.”

A menudo animan a los padres a apoyar, con calma, lo que ya está presente. Eso puede ser poner nombre a las emociones un poco más en casa: “Parece que estás frustrado”, o “Veo que estás orgullosa de eso.” Puede ser ofrecer pequeñas decisiones apropiadas a su edad para que sienta cierto control sobre su torbellino interno. Estos niños suelen florecer cuando pueden ejercer la bondad: ayudar a un hermano, dar de comer a una mascota o elegir una tarjeta para alguien que está triste.

También advierten de una trampa muy moderna: convertir la habilidad emocional del niño en un espectáculo. “Eres tan sensible, eres nuestro mini terapeuta,” suena entrañable, pero les coloca una responsabilidad que no les toca. Los niños con alta inteligencia emocional necesitan permiso para ser caóticos, gruñones, absurdos. No solo el consejerito de la familia.

La forma no es una prueba, pero sí puede ser una puerta

Claro que hay un riesgo en leer demasiado en un único comportamiento. Algunos niños dibujan círculos porque les salen más fácil que los cuadrados. Otros imitan un dibujo animado. El contexto importa. Ninguna psicóloga seria mirará un solo garabato y sentenciará: “Alta inteligencia emocional, caso cerrado.” La vida casi nunca es tan limpia.

Lo que sí dicen es esto: las repeticiones cuentan una historia. Un niño que elige círculos una y otra vez, sobre todo si se conectan y se superponen, suele mostrar comodidad con la suavidad y con el “estar juntos”. ¿Un niño que además pone nombres, sentimientos y mini-dramas a sus círculos? Ese está ensayando emociones reales en un escenario seguro: una hoja de papel.

Visto así, la forma no es un examen. Es una puerta. Puedes pasar de largo y seguir con el día (y habrá días en los que no quede otra). O puedes, de vez en cuando, parar, poner la tetera y atravesarla con tu hijo durante cinco minutos. Esos cinco minutos, escuchando por qué un círculo está triste y el otro es “valiente”, pueden contarte más de tu hijo que una docena de boletines escolares.

Ese montón de papeles en la nevera quizá significa más de lo que crees

Vuelvo a mi hija y a sus interminables cadenas de círculos. Cuando entendí lo que podían sugerir, no empecé a enmarcarlos todos. La vida seguía siendo un lío, el cajón continuaba a reventar y yo seguí reciclando sin querer una obra maestra o dos junto a las cajas de pizza. La crianza no es una galería comisariada al milímetro; es caos organizado, en el mejor de los casos.

Pero, de vez en cuando, cuando me deslizaba otro dibujo por la mesa, yo me quedaba un segundo más. “¿Quién es este círculo?”, preguntaba, tocando el papel. Ella contestaba sin darle importancia: “Esa soy yo y tú cuando leemos”, o “Estos son mis amigos cuando nadie está solo.” Y en esas explicaciones despreocupadas, entre mordiscos de tostada o con el sonido áspero de la radio de fondo, yo veía un destello pequeño y nítido de cómo siente ella el mundo.

No todos los papeles pegados en la nevera o aplastados en el fondo de la bolsa esconden profundidad. Muchos serán manchas y caos, y está bien. Pero si empiezas a ver esos círculos enlazados, solapados, reapareciendo una y otra vez, quizá estés mirando algo más que un garabato. Puede que estés viendo a un niño que lo siente todo y que, en silencio, ya está encontrando su forma de dibujarlo hasta convertirlo en algo entero.

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