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Más de 18.000 prácticas tradicionales de fuego recuperadas están reduciendo los megaincendios, regenerando bosques y equilibrando los ciclos naturales de perturbaciones.

Mujer indígena encendiendo fuego en el suelo de un bosque al atardecer, con cestas y vasija junto a ella.

Baja, azulada, la humareda se desliza y se enrosca entre los troncos de los pinos mientras unos críos juegan al borde de un aparcamiento polvoriento, con las bicis tiradas sobre la hierba. En una loma por encima, los mayores se inclinan sobre una línea de fuego lenta, hablan en voz baja y observan cómo prenden las acículas y cómo la llama avanza despacio. Un camión cisterna espera con el motor al ralentí, pero nadie entra en pánico. La gente se ríe. Los perros se mueven entre el gentío.

Es un día de quema en territorio tribal karuk, en el norte de California, y se parece menos a una emergencia que a un picnic comunitario con intención. Un helicóptero pasa lejos y se pierde. El único “sonido ambiente” real es el crepitar, el canto de los pájaros y alguien agitando una lata de café con hielo antes de abrirla.

En algún lugar más allá de estas colinas, los mega-incendios siguen arrasando cada verano.

Fuego: recordado en vez de temido

Durante más de un siglo, la política occidental trató cualquier incendio forestal como un enemigo. Apágalo rápido, cueste lo que cueste. Ese enfoque dejó los bosques atascados de matorral y madera muerta, tan apretados que una sola chispa podía convertir un valle entero en un soplete.

Las comunidades indígenas sostenían otra idea: el fuego no es solo destrucción; también es una herramienta. Y, sobre todo, una relación. Ahora, por fin, ese planteamiento empieza a abrirse paso. En Norteamérica, Australia y partes de Europa ya se están documentando, recuperando e incorporando a planes oficiales de gestión del fuego más de 18,000 prácticas tradicionales de fuego.

No son infiernos de postal. Son quemas cuidadosas, de baja intensidad, dirigidas por personas capaces de “leer” el viento, la humedad y las plantas como si fueran un libro. Y, sin hacer ruido, están cambiando lo que entendemos por “temporada de incendios”.

En tierras yurok y karuk de California, en el país noongar del oeste de Australia, en los bosques boreales de Canadá, cuadrillas de quema lideradas por indígenas vuelven a caminar por paisajes de los que expulsaron a sus abuelos. Quienes investigan estos proyectos han empezado a ver algo llamativo: las zonas tratadas con quema cultural no solo tienen menos probabilidades de estallar en mega-incendios. También aparecen más verdes, más silenciosas, más llenas de vida.

Un ejemplo claro fue la temporada de incendios de 2021 en partes del norte de California. Más tarde, los satélites mostraron que los parches de bosque sometidos a quemas culturales repetidas aguantaron muchísimo mejor que las laderas cercanas sin tratar. Murieron menos árboles. Bajó la intensidad del fuego. En algunos puntos, las llamas literalmente se “tumbaron” al tocar el suelo y, al encontrarse con franjas ya quemadas, se frenaron como si chocaran contra una toalla mojada.

En el oeste de Australia, las quemas tradicionales en mosaico han reducido el tamaño y la severidad de los incendios tardíos en algunas tierras gestionadas por comunidades aborígenes. Y no es solo que cambie el comportamiento del fuego. Se recuperan las poblaciones de canguros. Hay semillas que solo germinan tras una quema fresca. Vuelven los parches de bayas y, con ellos, regresa la gente que antes las recolectaba.

Cuando el fuego desaparece, el bosque no se vuelve simplemente “más seguro”. Se desequilibra. Las especies amantes de la sombra desplazan a las que necesitan sol. En masas densas y estresadas prosperan las plagas. Y los incendios grandes y muy calientes se vuelven más probables, no menos. Esa es la paradoja que muchos científicos ya reconocen: nuestra obsesión por la supresión ayudó a construir la cama de combustible perfecta para la catástrofe.

Los ciclos de quema tradicional rompen esa dinámica. Incendios ligeros y frecuentes “reinician” partes del bosque siguiendo un calendario ajustado a plantas y animales locales. Los pájaros carpinteros encuentran madera muerta reciente. Las encinas ganan espacio para expandirse. Las gramíneas brotan en claros soleados donde alces y ciervos pueden pastar.

No es nostalgia romántica: es ingeniería de ecosistemas, afinada durante miles de años por personas que necesitaban que la tierra siguiera alimentándolas, año tras año.

Cómo funciona de verdad sobre el terreno la quema cultural y las prácticas tradicionales de fuego

En una cuadrilla que trabaja con métodos tradicionales, la primera herramienta no es la antorcha de goteo: es la conversación. Los mayores repasan patrones de viento, cicatrices antiguas del fuego, qué plantas “agradecen” ser quemadas y cuáles no. La estación importa: una quema de primavera sobre suelo húmedo se comporta de forma distinta a una quema de otoño con viento seco del norte.

A menudo, los equipos empiezan por los bordes de la zona, encendiendo tiras cortas de prueba para ver cómo “habla” el fuego. Si corre demasiado, paran. Si avanza despacio, construyen un frente lento. Puede que dejen islas de matorral sin quemar para dar refugio a las aves, o que se salten un parche de plantas que no sobreviviría ni a una llama suave.

La intención es quirúrgica, no espectacular: como podar el paisaje con fuego en lugar de tijeras.

Las agencias modernas suelen planificar las quemas con hojas de cálculo y modelos. El conocimiento indígena del fuego aporta algo más difícil de codificar: memoria. Se recuerda por dónde se desbocó la última vez. Dónde un sendero viejo actuó como corte natural. Hacia qué aldea vulnerable se fue el humo. Ese mapa vivido guía cada quema nueva.

En una formación reciente sobre quema cultural en Oregón, practicantes tribales del fuego acompañaron a personal de agencias por el borde de una pradera salpicada de encinas. Hablaron de la cosecha de bellotas, del uso cultural de esos árboles y de los insectos que habitan en la corteza. Después mostraron con precisión hasta dónde querían que lamieran las llamas los troncos: lo justo para limpiar musgo y “escaleras” de combustible, pero sin marcar el cambium.

Desde arriba, el resultado se parece a una colcha irregular: parches chamuscados, refugios verdes, líneas ennegrecidas que más tarde funcionan como cortafuegos. Para la fauna, esa heterogeneidad es oro. Para los mega-incendios, es un obstáculo.

Y aquí llega la parte incómoda: es fácil malusar la etiqueta de “quema tradicional”. Encender quemas prescritas grandes y calientes en una época del año inadecuada y llamarlo práctica indígena no tiene nada que ver con el fondo. La quema cultural auténtica es lenta, adaptativa y profundamente local.

Quienes trabajan con socios tribales suelen decir que han tenido que aprender otro ritmo. Mirar la humedad. Notar los cambios de viento en la nuca en vez de fiarse solo de una aplicación. Aceptar que algunos días te vas con el depósito lleno porque la tierra está diciendo: hoy no.

Seamos sinceros: casi nadie hace esto de verdad a diario. Las agencias están diseñadas para la eficiencia, los indicadores y los resultados rápidos. El fuego tradicional pide paciencia, humildad y una mirada a largo plazo que no siempre cabe en un informe trimestral.

“Mi abuela solía decir: ‘El fuego es nuestro pariente más antiguo’”, explica un practicante karuk de quema cultural. “A tus mayores no los mandas. Los escuchas, los visitas a menudo y no apareces solo cuando estás desesperado”.

Esa forma de pensar se va filtrando poco a poco en debates de políticas públicas, planes climáticos e incluso modelos de seguros. En algunas regiones se exploran nuevos marcos legales para que las comunidades indígenas puedan liderar quemas a una escala que realmente tenga impacto. En otras, la discusión sigue atascada en la responsabilidad legal y las quejas por el humo.

  • Donde el fuego tradicional está plenamente integrado, los mega-incendios disminuyen en tamaño e intensidad.
  • Donde la regulación o la política lo bloquean, las cargas de combustible continúan aumentando.
  • Donde la comunidad participa en las quemas -y no solo mira- el miedo al fuego empieza a aflojar.

Lo que este cambio implica para el resto

A nivel personal, leer “18,000 prácticas de fuego recuperadas” puede sonar abstracto. Pero ya está modelando los paisajes donde la gente hace senderismo, caza o vive. En algunos pueblos del oeste de Estados Unidos, los vecinos reciben alertas en el móvil no solo por peligro extremo de incendio, sino también por próximos días de quema cultural.

Madres y padres llevan a sus hijos a verlo. Observan a bomberos con insignias tribales: no llegan corriendo a “matar” una llama, sino que caminan tranquilos junto a una línea de fuego. Ese pequeño cambio visual cuenta. El miedo pierde algo de fuerza. Entra la curiosidad.

Todos hemos vivido ese instante en el que una columna de humo en el horizonte te encoge el pecho. ¿Viene hacia aquí? ¿Cogemos las bolsas? Cuanto más ve una comunidad el buen fuego de cerca -bajo, lento, con propósito- más fácil es sustituir ese pánico automático por una distinción básica: no todo humo es una mala señal.

El buen fuego no borrará los extremos impulsados por el clima. Las sequías seguirán apretando. Las olas de calor seguirán secando las laderas. Pero los paisajes que pasan con regularidad por quemas tradicionales frescas tienden a enfrentarse a esos extremos con más resiliencia. Los árboles tienen más espacio y vigor para sobrevivir. El combustible del suelo se mantiene fino. Cuando cae un rayo, el incendio posterior tiene menos papeletas de convertirse en un monstruo.

Es tentador buscar una única “solución” a los mega-incendios: más aviones, presupuestos más grandes, tecnología nueva. Lo que ofrecen las prácticas tradicionales, en cambio, es una relación: imperfecta, local y a menudo lenta. Plantean preguntas distintas: ¿quién conoce este lugar lo bastante bien como para quemarlo con cuidado? ¿quién seguirá aquí dentro de 30 años para comprobar si las decisiones de hoy tenían sentido?

A medida que la temporada de incendios se alarga y los titulares se endurecen, esa pregunta pesa de otra manera. Puede que salir de nuestra era de mega-incendios no dependa solo de luchar con más fuerza. Puede que empiece por escuchar a quienes nunca dejaron de encender llamas pequeñas y cuidadosas, incluso cuando el mundo les decía que estaban equivocados.

Punto clave Detalle Interés para el lector
El fuego tradicional reduce los mega-incendios Más de 18,000 prácticas recuperadas usan quemas de baja intensidad para reducir cargas de combustible y la severidad del fuego. Ayuda a entender por qué algunas regiones arden de forma menos catastrófica que otras.
Se recuperan bosques y fauna Las quemas en mosaico restauran hábitats, mejoran la salud de los árboles y aumentan la biodiversidad con el tiempo. Muestra cómo el buen fuego puede traducirse en paisajes más ricos y resistentes.
El liderazgo indígena es central La quema cultural se apoya en conocimiento local, memoria y presencia prolongada en el territorio. Invita a replantearse quién debería marcar la política y la práctica del fuego.

Preguntas frecuentes

  • ¿Qué son exactamente las “prácticas tradicionales de fuego”? Son formas locales de usar fuego de baja intensidad, desarrolladas por pueblos indígenas durante miles de años para gestionar alimento, hábitat y seguridad, normalmente mediante quemas frecuentes, pequeñas y cuidadosamente sincronizadas.
  • ¿Cómo reducen estas prácticas los mega-incendios? Al quemar de forma regular el matorral, la madera muerta y el sotobosque denso, evitan que se acumulen enormes cargas de combustible que alimentan incendios explosivos e incontrolables.
  • ¿La quema cultural es lo mismo que las quemas prescritas modernas? No del todo. Las quemas prescritas suelen seguir planes estandarizados, mientras que las quemas culturales se guían por conocimiento local, objetivos culturales y una lectura muy fina del terreno en tiempo real.
  • ¿Es seguro volver a introducir fuego cerca de las comunidades? Cuando las quemas se planifican con las condiciones adecuadas, las lideran equipos con experiencia y se apoyan en una comunicación clara, pueden aumentar la seguridad al crear franjas de protección alrededor de los pueblos.
  • ¿Qué pueden hacer las personas no indígenas para apoyar este cambio? Conocer la historia del fuego donde viven, respaldar políticas que sitúen el liderazgo indígena en la gestión del territorio y mantenerse abiertas a la idea de que algo de humo en primavera u otoño puede formar parte de una protección a largo plazo.

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