Cada vez más madres y padres se quejan de que sus hijos están de mal humor y es difícil contentarlos.
Una psicóloga sostiene que merece la pena mirar cómo se educaba en generaciones anteriores.
En no pocas casas, la vida familiar se organiza hoy alrededor de un único eje: el niño o la niña. Sus deseos, sus emociones y sus derechos ocupan el primer plano. Una psicóloga clínica advierte, sin embargo, de que ese enfoque puede haberse vuelto desequilibrado. Cuando solo se prioriza el bienestar individual, es fácil pasar por alto algo esencial: los menores necesitan con fuerza el “nosotros”, ya sea en la familia, en el colegio o con sus amistades.
Lo que los abuelos hacían de otra manera - y por qué beneficiaba a los niños
La educación de antes suele describirse como dura, estricta y, en ocasiones, poco afectuosa. Pero no todo eran normas rígidas sin más: existía un propósito nítido. Se pretendía que los niños se entendieran como parte de un conjunto. La familia, el vecindario o el grupo-clase pesaban más que el propio ego.
La psicóloga Clémence Prompsy subraya que, para muchos abuelos, había tres ideas que se daban por sentadas:
- Puntualidad: llegar tarde significaba entorpecer al grupo.
- Cortesía: no interrumpir y dejar que los demás terminen de hablar.
- Respeto: se trataba con consideración a las personas mayores, al profesorado e incluso a adultos “antipáticos”.
Esa forma de educar funcionaba como un entrenamiento continuo de empatía práctica: consideración, paciencia y autocontrol. Los niños aprendían a frenar impulsos y a posponer durante un rato lo que querían si eso perjudicaba la convivencia.
“La educación de generaciones anteriores no ponía al niño en el centro, sino la convivencia. Precisamente eso reforzaba muchas habilidades sociales que hoy faltan.”
Ahora bien, no todo era mejor entonces. También había castigos físicos, frialdad emocional y roles muy rígidos que dejaban huella. Por eso la psicóloga no propone regresar al estilo de la “pedagogía negra”, sino combinar: la calidez emocional que hoy se valora con la orientación clara hacia lo colectivo que antes estaba más presente.
Cuando el yo domina: el individualismo como carga para los niños
Las encuestas llevan años reflejando una percepción repetida: muchas personas sienten que su sociedad es cada vez más egoísta. Cada cual mira por sí mismo y la competencia ocupa el lugar del apoyo mutuo. La pandemia de la COVID-19 intensificó esa tendencia: el aislamiento, el teletrabajo y las normas de distancia fueron debilitando el sentimiento de “nosotros”.
En la infancia y la adolescencia, esto se nota. El profesorado cuenta que hay alumnos que:
- comparten con mucha dificultad,
- se ofenden enseguida si no son el centro de atención,
- interpretan las normas como un ataque a su libertad,
- gestionan los conflictos de manera automática con insultos o protestas a gritos.
Donde antes el grupo tenía una prioridad clara, ahora a menudo se coloca por delante el estado de ánimo personal. A primera vista, suena a empatía: los padres se interesan más por lo que sienten sus hijos, escuchan, intentan no presionar. La otra cara, sin embargo, es que muchos menores entran pronto en una comparación permanente: quién es mejor, más popular, más guapo, más exitoso.
“Un individualismo fuerte atrae a los niños a una evaluación constante: ¿soy lo bastante bueno, lo bastante rápido, lo bastante popular? Eso puede aumentar la inquietud interna y el estrés.”
Además, cuando cada persona se convierte en su propio “proyecto”, puede faltar un marco estable que sostenga en momentos serios: acoso escolar, presión académica, separación de los padres o enfermedad. Y no es raro que muchos adolescentes, pese a las redes sociales, se sientan sorprendentemente solos.
Por qué el colectivo hace a los niños más estables emocionalmente
Clémence Prompsy insiste en una idea que muchos adultos infravaloran: para un niño, sentir que pertenece a un grupo es casi tan importante como comer y dormir. Cuando se vive arropado dentro de una comunidad, resulta más fácil desarrollar autoestima, empatía y tolerancia a la frustración.
De forma orientativa, las diferencias entre una crianza centrada en el yo y otra con foco en el grupo pueden representarse así:
| Aspecto | Fuerte foco en el yo | Fuerte foco en el grupo |
|---|---|---|
| Autopercepción | “Soy lo que rindo.” | “Formo parte de un todo que me sostiene.” |
| Conflictos | Ganar o retirarse | Buscar un compromiso |
| Frustración | Rabietas, aislamiento | Aprender a sostener los tropiezos en compañía |
| Día a día | Prioridad a los deseos propios | Tener en cuenta: “¿cómo están los demás?” |
En especial, los menores que a menudo se viven como “rey del mal humor” o “princesa” se benefician de contextos en los que no llevan el papel protagonista. Deportes de equipo, grupos de música, escultismo, agrupaciones juveniles de bomberos o proyectos de teatro obligan a coordinarse con otros; y a cambio ofrecen reconocimiento que no depende únicamente del rendimiento.
Ideas concretas: cómo recuperar buenas reglas de los abuelos en la crianza
Para integrar esa mirada de otras generaciones no hace falta amenazar con castigos. A menudo basta con señales pequeñas, claras y constantes que desplacen el foco.
Reglas familiares claras en lugar de guiarse solo por las emociones
Los niños no necesitan únicamente comprensión: también requieren límites estables. Algunas normas “de toda la vida” pueden expresarse hoy con un lenguaje actual:
- Llegar a tiempo a la mesa: “Comemos juntos. Tú ayudas a que esto funcione.”
- Dejar terminar al que habla: “No se interrumpe a quien está hablando, tampoco al hermano pequeño.”
- Ayudar como algo normal: recoger la mesa, sacar la basura, poner el lavavajillas; no como castigo, sino como aportación al equipo.
“Cuando los niños notan que su aportación cuenta, dejan de verse solo como reclamantes de derechos y se sienten miembros fiables de un equipo.”
La “regla de las 3C” para abuelos y padres
En muchas familias aparecen roces entre padres y abuelos: unos quieren educar de forma moderna, otros “como antes”. Una vía suave se apoya en tres principios sencillos capaces de unir a ambos lados:
- Claridad: las reglas se dicen de forma explícita, sin amenazas ni presión.
- Consistencia: lo acordado se cumple; lo mismo con la abuela, con el abuelo y en casa.
- Valoración: se toma en serio al niño, aunque su deseo no se satisfaga en ese momento.
Así se crea un marco que no depende de los cambios de humor, sino de acuerdos compartidos. Eso es algo que muchos abuelos tuvieron en su día, aunque normalmente con menos calidez emocional. Hoy es posible juntar las dos cosas.
Cómo reforzar el pensamiento de grupo en el día a día
No todas las familias viven cerca de un club deportivo ni disponen de tiempo para aficiones exigentes. Aun así, el enfoque colectivo también puede entrenarse en casa, en lo cotidiano:
- Usar formulaciones en “nosotros”: en vez de “tienes que ordenar tu habitación”, decir “ponemos la casa en orden entre todos”.
- Decidir en común: comentar en un pequeño consejo familiar el plan del fin de semana, las salidas o los tiempos de pantallas.
- Cuidar rituales: una noche fija de juegos, cocinar juntos, o una breve pregunta al final del día: “¿qué ha sido hoy bonito para nosotros como familia?”.
De esta manera, los niños practican a pequeña escala cómo encajar sus preferencias con las necesidades ajenas. Descubren que ceder no implica perder automáticamente; muchas veces se gana cercanía y confianza.
Cuando individualidad y comunidad se complementan
A menudo el debate se plantea en blanco y negro: o una crianza libre y centrada en necesidades, o la escuela estricta y reglamentista de “ayer”. En realidad, los niños necesitan las dos dimensiones. Deben reconocer lo que sienten, poner límites y poder decir “no”. A la vez, les conviene experimentar que las normas no son necesariamente enemigas, sino una red que permite moverse sin vivir con miedo constante a caer.
Un ejemplo claro: en un club deportivo un niño puede expresarse, mostrar fortalezas y ser creativo. Al mismo tiempo, tiene que respetar horarios de entrenamiento, tratar con consideración al entrenador y apoyar a sus compañeros. Esa mezcla es la que construye resiliencia: aprenden a tolerar la frustración, a escuchar y a asumir responsabilidades, sin dejar de ser ellos mismos.
Quien se fija en cuánta estabilidad y orientación sacaban generaciones anteriores de estructuras grupales claras encuentra muchas ideas útiles. No se trata de idealizar “los viejos tiempos”. Lo interesante está en el punto intermedio: una maternidad y paternidad moderna y afectuosa que se atreve a recordar, con más frecuencia, la palabra “nosotros”.
Comentarios
Aún no hay comentarios. ¡Sé el primero!
Dejar un comentario