En algunos de los lugares con mayor radiactividad del planeta, la biología puede volverse desconcertante: desde hongos que parecen prosperar hasta un auge de diversidad de vertebrados cuando desaparece la interferencia humana.
Sin embargo, en la Central Nuclear Fukushima Daiichi (Japón) se ha ido dibujando un relato distinto. Allí, en la sala del torus situada bajo el reactor, una comunidad de microbios lleva instalándose en silencio y en completa oscuridad desde que un terremoto inundó la instalación con agua de mar en 2011.
En otros puntos del mundo, los organismos expuestos a radiación suelen acabar mostrando rasgos nuevos, a menudo sutiles. Lo que hace especialmente llamativas a las comunidades microbianas de Fukushima -según concluyeron los científicos en 2024- es que, al parecer, no presentan adaptaciones especiales.
Lo que cuentan, más bien, es una historia de resistencia sostenida gracias a un conjunto de características que les permite aguantar en escenarios donde otros organismos podrían no salir adelante.
El accidente de Fukushima de 2011 y el nuevo desafío dentro de los reactores
El accidente nuclear de Fukushima en marzo de 2011 fue consecuencia directa de un terremoto submarino frente a la costa de Japón, que generó un tsunami que penetró en la central situada junto a la localidad de Ōkuma, en la prefectura de Fukushima. La entrada masiva de agua anegó el complejo y desencadenó fusiones del núcleo.
El municipio se evacuó de inmediato y, desde entonces, ha seguido en gran medida despoblado. Solo en los últimos años han regresado algunos residentes, en paralelo a la presencia de científicos y equipos de limpieza.
Pero dentro de los edificios de los reactores apareció un problema adicional: se acumuló una enorme cantidad de agua radiactiva y, dentro de esa agua, los ingenieros observaron proliferaciones con aspecto muy similar a mantos microbianos.
La preocupación no es menor. El desmantelamiento de una central nuclear es un proceso complejo y de décadas, y los científicos ya comprobaron tras el accidente nuclear de 1979 en la Isla de las Tres Millas que los microbios pueden dificultarlo de forma notable: son capaces de acelerar la corrosión de los metales e incluso de reducir la visibilidad en el agua, lo que complica las tareas de limpieza.
Qué microbios se detectaron en la sala del torus de Fukushima Daiichi
Con ese riesgo en mente, un equipo liderado por los biólogos Tomoro Warashina y Akio Kanai, de la Universidad de Keio (Japón), tomó muestras del agua altamente radiactiva de la sala del torus -una cámara de seguridad bajo el reactor diseñada para absorber la presión del vapor-. Después, sometieron las muestras a secuenciación genética para determinar qué microbios estaban presentes.
A partir de estudios previos y de los microorganismos hallados en lugares como Chernóbil, esperaban encontrar una amplia presencia de especies resistentes a la radiación, entre ellas Deinococcus radiodurans -uno de los organismos con mayor resistencia a la radiación conocidos- y Methylobacterium radiotolerans.
El resultado fue inesperado. Los organismos predominantes pertenecían a los géneros Limnobacter y Brevirhabdus: bacterias quimiolitótrofas que suelen encontrarse en entornos marinos y que obtienen energía al oxidar compuestos inorgánicos como el azufre y el manganeso. En menor proporción aparecieron bacterias de los géneros Hoeflea y Sphingopyxis, que oxidan hierro.
Radiación, biopelículas y supervivencia sin “trucos” evolutivos
El agua, en sí misma, era altamente radiactiva. No obstante, a diferencia de comunidades descritas en otros lugares, estas especies no mostraban una resistencia especial a la radiación. Esto sugiere que el nivel de radiación ionizante no fue lo bastante alto como para impedir, con el paso del tiempo, el crecimiento de estas comunidades de un modo que favoreciera a especies resistentes a la radiación en detrimento de otras.
Aun así, faltaba una pieza clave del puzle. Según indicaron los investigadores, los microbios probablemente vivían en biopelículas: ‘tapetes’ de microorganismos envueltos y protegidos por una matriz extracelular viscosa, que podría haberles aportado cierto grado de protección frente a la radiación ionizante dentro de la cámara.
Conviene no perderlo de vista. Las biopelículas pueden acelerar la corrosión del metal y, si los microbios que forman biopelículas son los que tienen más opciones de persistir en aguas radiactivas, el desmantelamiento de centrales nucleares incorpora una complicación relativamente predecible que debe contemplarse.
Además, estas bacterias no necesitaron ningún “truco” biológico para conseguirlo. Aquí la radiación no empujó a la vida a estrategias extrañas de supervivencia ni exigió capacidades propias de organismos extremófilos; lo que hizo fue generar un entorno extraordinario en el que una vida bastante común, aun así, pudo mantenerse.
Es algo asombroso, aunque ahora suponga un problema que no podemos permitirnos pasar por alto.
La investigación se publicó en Microbiología Aplicada y Ambiental.
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