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El túnel ferroviario submarino de alta velocidad más largo del mundo: ¿genialidad o locura por 200.000 millones de dólares?

Mujer con planos y casco amarillo observa un túnel bajo el agua desde el interior de un tren.

En la cubierta del ferry, la gente se apretaba contra la barandilla con los móviles en alto, intentando sacar la última foto nítida del mar abierto antes de que quede oculto para siempre por el vidrio y el hormigón. Allí fuera, en un horizonte brumoso, las grúas pinchaban el cielo, dibujando la silueta de lo que pronto será el túnel ferroviario submarino de alta velocidad más largo del mundo. Dos continentes, cosidos con acero y ambición.

Un niño señaló y le preguntó a su madre: “¿Vamos a ir por debajo de los peces?”. Ella se rio, medio nerviosa y medio orgullosa, como tantos adultos que observan cómo este proyecto empieza a salir del agua.

Hay quien lo llama el mayor símbolo de progreso humano desde el primer jet comercial. Otros escupen la cifra -200.000 millones de dólares- como si les dejara mal sabor de boca.

La pregunta se queda flotando en el aire salado: \ ¿esto es genialidad o locura?

El sueño: dos continentes en 20 minutos

Imagina la escena: sales de una cafetería en un continente con el café todavía caliente en la mano y, 20 minutos después, atraviesas una puerta hacia otro mundo: otro idioma, otro perfil de rascacielos. Sin colas de aeropuerto, sin turbulencias; solo un deslizamiento silencioso por un túnel presurizado, muy por debajo del mar.

Esa es la promesa de este megaproyecto: un tren de alta velocidad, hermético dentro de un tubo sumergido, circulando más rápido de lo que la mayoría de los aviones pueden aterrizar legalmente. Desde fuera no se verá nada: apenas una línea en el mapa.

Por dentro, podría sentirse como si el futuro llegara puntualmente, sin hacer ruido.

En una barcaza de obra, una ingeniera llamada Yuki -casco arañado, chaleco fluorescente manchado de sal- describe el método. Se fabrican enormes tramos prefabricados del túnel, cada uno más largo que un campo de fútbol; se hacen flotar mar adentro y, después, se hunden despacio hasta encajarlos y fijarlos en el lecho marino.

Saca el móvil y enseña un vídeo a cámara rápida: las grúas se mueven como piezas de ajedrez, los buzos son puntitos de luz, el mar se revuelve y luego se serena. “Mi abuela cruzó este estrecho en un ferry nocturno que tardaba ocho horas”, dice. “Si siguiera viva, pensaría que esto es brujería”.

A su espalda, un contador digital parpadea con el coste acumulado: miles de millones gastados, miles de millones aún por gastar.

Cada generación elige un monumento para su propia confianza. El canal de Suez. El ferrocarril transcontinental. El túnel del Canal de la Mancha. Y ahora esto: el corredor submarino de alta velocidad más largo jamás intentado, conectando dos economías que, juntas, empujan una parte enorme del PIB mundial.

Quienes lo defienden aseguran que recortará emisiones del transporte marítimo, hará desaparecer los vuelos de corta distancia y creará un nuevo “campo de gravedad” económico entre los continentes. Sus detractores miran las mismas hojas de cálculo y ven deuda a largo plazo, desviaciones de obra y un objeto deslumbrante que quizá nunca llegue a amortizarse.

Unos ven un puente hacia el futuro. Otros, un ancla de oro.

Progreso o vanidad: dónde está de verdad la línea

Si quitamos las animaciones pulidas y los discursos políticos, la prueba de fuego de un proyecto así se reduce a algo brutalmente sencillo: ¿cambia la vida cotidiana de forma duradera? No solo la de turistas que quieren un selfi en el primer tren, sino la de enfermeras en turno de noche, camioneros atrapados en los puertos, estudiantes con familia al otro lado.

Los planificadores hablan de “fricción”: controles fronterizos, retrasos del ferry, cancelaciones por tormenta, enlaces perdidos. El túnel se diseña para triturar esa fricción, convirtiendo una zona del mapa de “lejos” en “cerca”.

Ahí es donde la idea deja de parecer ciencia ficción y empieza a sonar a servicio público.

En una mañana de niebla, en una ciudad portuaria que huele a diésel y a masa frita, un pequeño comerciante llamado Karim abre su tienda. Vende repuestos para maquinaria industrial, de esos que mantienen a las fábricas respirando. Hoy, un pedido llega con cuatro días de retraso porque el ferry se canceló dos veces. Sus clientes ya están llamando.

Con los planes actuales, el encargo de Karim podría cruzar el mar en menos de una hora en vagones de mercancías acoplados a trenes fuera de hora punta. Sin reservas por separado, sin jugársela al tiempo. “Si recibo piezas antes, cobro antes”, dice encogiéndose de hombros. “Me da igual si el tren es un milagro o un monstruo”.

Para él, el megatúnel no va de orgullo nacional. Va de liquidez.

En la contabilidad, ese tipo de tiempo ahorrado se convierte en cifras tan grandes que parecen irreales: menos costes logísticos, cadenas de suministro más previsibles, nuevos desplazamientos diarios de gente que puede vivir donde el alquiler es más bajo y trabajar donde el sueldo es más alto. Los economistas hablan de billones a lo largo de décadas.

Pero esas mismas hojas de cálculo también pueden inclinarse hacia el lado contrario si la obra se retrasa o si los billetes acaban siendo tan caros que solo una minoría puede pagarlos. Ese es el modo silencioso de fracaso de muchos proyectos “visionarios”: se levantan con dinero público y luego se usan como un artículo de lujo.

Seamos sinceros: casi nadie se lee el informe de riesgos a largo plazo antes de aplaudir el corte de cinta.

Los costes ocultos de los que nadie quiere hablar

Para entender el lado más sombrío de un túnel de 200.000 millones de dólares, no mires los renderizados. Mira los presupuestos de hospitales locales, colegios, proyectos de adaptación climática; todo lo que no se financió esta década porque ganó el tren.

Una manera práctica de desenredarlo es lo que algunos analistas llaman “paseos de coste de oportunidad”. Comparan cada mil millones enterrado en hormigón con lo que ese mismo mil millón habría logrado en otra parte: mejorar defensas costeras, reforzar el tren regional, construir viviendas resistentes a terremotos. Sobre el papel es un ejercicio aburrido.

Pero es la única forma de ver los intercambios invisibles escondidos dentro de la ingeniería glamourosa.

Todos hemos vivido ese momento: la ciudad inaugura un hito brillante mientras el autobús que usas de verdad se avería dos veces por semana. Los proyectos enormes multiplican esa sensación. Quien viva a cientos de kilómetros de cualquiera de las dos bocas del túnel puede ver esta maravilla submarina en las noticias y pensar: “Así que aquí han ido a parar mis impuestos”.

Ese resentimiento puede dispararse si aparecen sobrecostes. Los políticos prometen un precio, luego muerde la inflación, se acumulan retrasos y la factura se infla. Los gobiernos futuros se quedan pagando intereses mientras los votantes se preguntan por qué el colegio de sus hijos tiene goteras.

La frontera entre “infraestructura icónica” y “proyecto de vanidad” suele trazarse en esos barrios que casi nunca salen en la foto.

Un sociólogo del transporte con el que hablé lo dijo sin rodeos: “Los megaproyectos son espejos. Reflejan lo que una sociedad valora más -y lo que está dispuesta a sacrificar en silencio al fondo”.

  • Impacto medioambiental
    La obra altera hábitats marinos, draga fondos y añade hormigón -uno de los materiales más contaminantes del mundo- a una escala enorme.
  • Bloqueo a largo plazo
    Cuando te has gastado 200.000 millones en un solo corredor, la voluntad política de financiar proyectos más pequeños y locales suele encogerse durante años.
  • Brecha de equidad
    Si las tarifas se mantienen altas, la línea atiende antes a personas ricas y a viajeros de negocios, mientras el resto paga la deuda vía impuestos.
  • Gravedad presupuestaria
    Los grandes proyectos atraen más dinero simplemente porque ya existen, y dejan sin atención soluciones más baratas y de gran impacto.
  • Cansancio público
    Años de molestias, ruido y cortes durante la construcción pueden poner a la gente en contra de infraestructuras que, en otras condiciones, apoyaría.

Un futuro que nos juzgará, para bien o para mal

Si te plantas al atardecer en la línea de costa, ya puedes intuir cómo vivirá esta historia en la memoria de quienes aún no han nacido. Ellos no verán las audiencias presupuestarias, ni las columnas furiosas, ni los drones grabando las juntas de la obra. Simplemente crecerán en un mundo donde cruzar un océano en tren es lo normal.

Quizá lo adoren y no entiendan cómo alguien pudo llamarlo proyecto de vanidad. O quizá maldigan los pagos de la deuda, las crisis de mantenimiento y la ocasión perdida de construir miles de cosas más pequeñas y útiles.

Los proyectos de este tamaño son apuestas hechas con el mañana de otras personas.

Hay una verdad simple en el centro de todo esto: construimos lo que creemos merecer. Un planeta conectado a una velocidad sobrecogedora, o un mundo remendado con cuidado por los bordes. El tren submarino entre dos continentes es, a la vez, una maravilla y una advertencia; una especie de test de Rorschach global.

Cuando lo miramos, ¿vemos valentía o soberbia? ¿Un futuro compartido o un juguete pulido para quienes ya están conectados? Las respuestas hablan tanto de nosotros como del propio tren.

El túnel se inaugurará, los primeros pasajeros subirán vídeos temblorosos y la vida se reorganizará en silencio alrededor de esta nueva línea en el mapa.

Lo que sigue abierto -e incómodo- es la pregunta que casi nunca hacemos antes de empezar a cavar: si entregaras esos mismos 200.000 millones a la gente que vivirá con las consecuencias, ¿elegirían exactamente este sueño, o algo mucho menos espectacular y mucho más corriente?

El tren de alta velocidad submarino más largo del mundo puede acabar siendo el momento en que por fin aprendimos a cruzar el planeta de forma limpia y rápida. O el último gran monumento de una era obsesionada con la velocidad y el espectáculo.

En cualquier caso, cuando ese primer tren se hunda bajo las olas, notaremos el mismo vuelco en el estómago: orgullo, miedo y una esperanza extraña y silenciosa de no habernos equivocado de forma desastrosa.

Punto clave Detalle Valor para el lector
Escala vs. impacto El túnel conecta dos continentes en minutos, pero compite por financiación con servicios públicos básicos. Ayuda a ver los megaproyectos como intercambios, no como milagros.
Vidas cotidianas De comerciantes a personas que se desplazan a diario, los beneficios reales dependen de precio, acceso y fiabilidad. Sitúa la historia en términos humanos, no solo en proezas de ingeniería.
Juicio del futuro Las generaciones posteriores vivirán con la deuda, la infraestructura y la huella medioambiental. Invita a pensar más allá de los titulares del día de la inauguración.

Preguntas frecuentes:

  • Pregunta 1 ¿De verdad un tren submarino de alta velocidad es más seguro que volar?
  • Respuesta 1 Estadísticamente, la alta velocidad ferroviaria moderna tiene un historial de seguridad excelente, y los túneles submarinos se diseñan con múltiples redundancias, pasajes de evacuación y monitorización constante. El miedo percibido suele ser mayor que el riesgo medido.
  • Pregunta 2 ¿Por qué un proyecto así cuesta alrededor de 200.000 millones?
  • Respuesta 2 El precio viene de la construcción en aguas profundas, materiales especializados, protecciones sísmicas, mitigación ambiental, adquisición de terrenos y décadas de personal y mantenimiento integradas en los contratos.
  • Pregunta 3 ¿Quién paga realmente los megaproyectos de este tipo?
  • Respuesta 3 La financiación suele mezclar dinero público, bonos estatales a largo plazo, prestamistas internacionales e inversores privados, pero los contribuyentes asumen buena parte del riesgo si las previsiones de ingresos no se cumplen.
  • Pregunta 4 ¿De verdad un túnel así reduce las emisiones de carbono?
  • Respuesta 4 Si sustituye grandes cantidades de vuelos de corta distancia y barcos de carga, sí, con el tiempo. La condición es que la propia construcción tiene una huella de carbono enorme, así que el “retorno climático” tarda años o décadas.
  • Pregunta 5 ¿Cómo pueden influir las personas corrientes en las decisiones sobre futuros megaproyectos?
  • Respuesta 5 Las consultas públicas, las elecciones locales, las asambleas ciudadanas y la presión sobre representantes regionales importan, sobre todo al principio, cuando aún hay alternativas de inversión encima de la mesa.

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