Me estoy metiendo en un terreno estrecho, ¿verdad? Ya sé que muchos no estarán de acuerdo conmigo -y quizá con razón…- y defenderán que el «rey de los diésel» era el OM 606 de Mercedes-Benz o el M57 de BMW. Los más finos, tal vez, saquen a relucir el 1.9 JTD de FIAT por los motivos que ya conté hace casi 10 años. Pero dejemos que el humo se disipe.
Se me ocurrió escribir sobre esto porque esta mañana, camino de Razón Automóvil, me adelantó un misil cada vez más difícil de ver. Un Volkswagen Passat 1.9 TDI (generación B5 tras el facelift), de esos que llevan dos letras rojas en el portón. Y no echaba humo. Ya dije que era un ejemplar raro…
Gris, impoluto y, por las llantas, casi seguro que era un Highline. Por el aspecto, o no tenía muchos kilómetros, o ha pasado media vida durmiendo en garaje. Justo de los que buscamos sin parar en sitios como este y que luego (siempre) se nos escapan.
Me pasó bastante por encima de 120 km/h -bastante. No hubo forma de inmortalizar el momento por razones evidentes… incluso se me cruzó por la cabeza ir detrás, pero iba con poca batería en mi EX30.
En fin. Lo admito: ese cruce fugaz me dejó con un punto de nostalgia. No sé si por aquellos motores o por aquellos años. A principios de los 2000 la digitalización ya existía, pero todavía no se había colado en nuestra vida hasta el extremo de caber en la palma de la mano. Todo era más tangible y la inteligencia, bastante menos artificial.
Que lo sepan los más jóvenes: el ritmo era tan distinto que un motor de 130 CV podía llevar la etiqueta de “deportivo”. Los que tienen más carretera encima no me dejarán mentir. Pasó de verdad. Y, aun así, parte de la magia de este motor no estaba en la cifra de potencia. Tenía algo más…
El supermotor TDI de las letras rojas
El 1.9 TDI de 130 CV, conocido por el código PD, no era solo un motor. Era una institución. Quien lo compraba aceptaba un pacto basado en empuje, aguante y unos consumos que, incluso hoy, dejan en evidencia a muchos coches modernos.
Para quien no lo sepa -los más jóvenes, claro- PD significaba Pumpe-Düse. Cada cilindro contaba con su propio inyector-bomba, en una época en la que el common-rail aún estaba en pañales. Esa solución lo hacía áspero de funcionamiento, sí, pero también tremendamente eficaz.
Tenía una personalidad especial, que no iba de acelerar por acelerar -hasta un Renault Zoe hace el 0-100 km/h más rápido. Era, más bien, una demostración de fuerza bruta capaz de convertir un Golf IV, aunque fuese por unos segundos, en un depredador de autopista. Ráfagas de luces: que viene.
La catedral de acero
Hoy los diésel están de capa caída. A todo el mundo le gusta darles palos. Pero creo que toca aceptarlos sin complejos como uno de los capítulos más marcados de la cultura automovilística nacional. Con sus excesos y sus virtudes. Ha pasado tiempo suficiente, ¿no os parece?
Recuerdo que, para quien trasteaba con mecánicas, el PD130 -sobre todo el bloque ASZ- se convirtió enseguida en referencia. Los ingenieros de Volkswagen, quizá por exceso de celo o por una idea romántica de la duración, lo construyeron con una solidez que haría envidiar a un Leopard. No se rompía, no se quejaba y gastaba poco.
Aguantaba presiones de turbo absurdas sin que las bielas decidieran abandonar el bloque. Además, era un “motor democrático”, al alcance de muchos: con una simple repro, los 130 CV pasaban a 180 CV; con algo más y mucho humo de por medio, 300 CV podían llegar a ser una realidad.
Otros tiempos
Es tremendo, ¿verdad? Hoy 130 CV es la potencia que te encuentras en cualquier SUV urbano. Pero al inicio del milenio esos caballos pesaban distinto. Querían decir que podías viajar a 200 km/h (en Alemania, claro) y, al llegar, la media de consumo te sacaba una sonrisa.
Por todo esto, el PD130 merece memoria. Demostró que se podía tener casi todo en un solo motor: fiabilidad, consumo y un punto de prestaciones. Por eso, en medio de coches que valían millones de euros, me acordé de este motor que hacía un millón de kilómetros:
Ah y tal, el diésel no es noble. Es cierto. Pero tampoco he sido nunca de aristocracias. No seáis snobs: el mundo se construye con todos. Y en un museo hipotético de la cultura del automóvil, el PD130 no estaría sobre un pedestal de cristal; estaría sobre uno de hierro fundido, manchado de aceite y siempre trabajando.
Era tan bueno que incluso le quitaron un cilindro y siguió funcionando (aunque tembló…). Y ahora, si me permitís, voy a poner mi coche a cargar.
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